El verdadero nombre de Darío, es Diego. en la ficción quise ponerle un nombre con la misma soberbia, y el mismo posible carisma que despertaba el del original. Si bien Darío está inspirado en dos personajes, toda la maldad, la toxicidad y la historia original con Estiven, son extraídas del verdadero Diego. Fernando sería la segunda composición de este personaje. Un chico completamente distinto, menos malvado, y posiblemente más generoso y educado que el de la ficción. 

Yo tenía, en efecto, veintidós años cuando me topé con ambos en un mundo completamente desconocido para mí. Llegaron a la vez y quizá Fernando no era consciente entonces de  mi existencia, no fue hasta más adelante que supo que yo existía. Diego, en cambio, sí sabía de mi existencia, y sí aceptó arrastrarme con él a lo tejemanejes con los que se abría hueco en la sociedad  y con los que buscaba una aprobación constante. Muchas veces a cualquier precio.

Lo llamé Manhattan. En un antiguo blog del que rescato este post, lo llamé así porque efectivamente me recordaba a la ilusión que tenemos todos si viviéramos ahí o al menos así lo nos lo pintaban en series como Sexo en Nueva York, Gossip Girl, Cómo Conocí a Vuestra Madre, etc.  Una isla llena de luces, velocidad y cantidad de rostros y aventuras. Todo puede pasar ahí. Pues con Diego ocurría exactamente lo mismo: con él todo podía ser posible. Desde odiarle con todas tus fuerzas, hasta acabar con él en una piscina a media hora de Madrid un día cualquiera de agosto, en una piscina para nada pública (la famosa aventura en Valdemorillo que se menciona en el libro). Sí. Era una calurosa madrugada de agosto cuando dos conocidos, que ni siquiera eran amigos nuestros, llamados Belén y Marcos, nos invitaron a continuar la fiesta a casa de esta.

No recuerdo cómo llegamos, porque fuimos en bus y no dejábamos de beber y montar escándalo en la parte trasera de ese autobús. Podría rescatar las fotografías y vídeos de Instagram que demuestran la pericia inolvidable de esta poderosa aventura junto a la inolvidable Belén. Un muchacha atractiva, fanática de los homosexuales, totalmente heterosexual, a la que le divertía la frivolidad de Diego. Exacto, igual que Maggie en la ficción. 

Aquí hago un inciso para hablar de la inspiración de Maggie. Maggie, al igual que Darío, fue el fruto de varias chicas a las que he tenido el placer de conocer en mi vida. Mujeres que de alguna manera son nuestras cómplices y nuestras acompañantes, pero que por alguna razón pasan por alto las actitudes tóxicas y dañinas que ocurren dentro de nuestro mundo. Permiten dinámicas de poder y estatus, que afectan realmente a nuestra forma de relacionarnos y de las que todos somos cómplices. Belén, Teresa, Andrea, Estefanía… son ejemplos claros de ellos. De ellas tres saqué al personaje y víctima Maggie Mariani. Y precisamente la creé como un personaje racializado para resaltar el hecho de que, a pesar de formar parte de un colectivo oprimido, a veces basta con tener un solo privilegio para ser impune para esto.

Lo mismo ocurría con Diego. Sí, era gay, pero la seguridad financiera que le proporcionaban sus padres le permitían estar siempre a salvo. Nunca en su vida conoció el verdadero esfuerzo por algún éxito real. Quizá el respeto de su padre. Poco más. Por eso era como era, porque ser gay era lo único que le convertían en “alguien disidente”. Por lo demás, sus comportamientos no distaban mucho de cualquier otro hombre heterosexual con masculinidad frágil. Incluso puedo aventurar que la misma forma egoísta que tienen estos en la sexuaidad, la compartía: apenas proporcionaba sexo oral, le daba mucha importancia a la penetración y buscaba únicamente su propio placer. Interrumpía constantemente a los demás y hablaba alto. Muy alto. Le encantaba ocupar espacio, a pesar del que ya ocupaba por su metro ochenta de alto. Sus brazos, sus piernas, su forma de andar, todo en él era invasivo. Y al mismo tiempo, atractivo. 

Fue su voz y esa forma de hablar suya, la que casi provocan su expulsión de la discoteca y lo que propició una bombardeo de huevos por parte de los vecinos de calle Pelayo. Era incapaz de seguir una norma. 

La Fauna, en la vida real se llamaba “Las Antonias”. Un anecdótico nombre que surgió de la expresión ¡Antonia!, cuando alguno de nosotros comentaba algo terrible o escandaloso propio de un chisme suculento o una anécdota interna. Todo el que entraba era una Antonia.  Todas Las Antonias le permitimos esta conducta irrespetuosa y maleducada por razones que aún hoy nos cuestionamos. Todos veíamos lo que le hacía a sus parejas, a sus ligues… Todos veíamos lo que era capaz de hacer con su madre. La manipulaba para seguir viviendo de su dinero sin trabajar. Todos sabíamos que irónicamente quería estudiar psicología y que hacía los exámenes con un reloj inteligente regalado, por su padre ni más ni menos. Todos sabíamos que tenía una extraña predilección por querer impresionar a su padre hasta el punto de ocultarle que fumaba. 

Todos callábamos ante esto y durante algún tiempo lo pasábamos por alto, porque si algo era Diego, es que era capaz de convencer al diablo de que era un ángel. 

CÓMO OCURRIÓ TODO

Él y yo nos hicimos amigos en un momento en el que yo más vulnerable estaba. El ex de Diego había sido mi amigo en la Universidad. Otra gran ruptura amistosa que no cabía en la novela. Ese verano de 2017, su ex y yo dejamos de ser amigos de una manera muy dolorosa para mí. Me acababan de echar del trabajo y mi ex novio, Álvaro se había ido a Escocia con una buena oferta de trabajo.Yo estaba en la ciudad prácticamente solo, sin saber qué hacer. Viendo el Instagram una mañana descubrí que a Diego lo conocía mucha gente a la que yo seguía. Yo apenas tenía un puñado de seguidores, y claro me resultaba increíble todos los que tenía él sin ser famoso. Yo tenía un muy mal concepto de su persona por lo que mi amigo de la universidad me había contado. Un concepto que para nada cuadraba con lo que yo veía en redes. Yo sentía una profunda curiosidad, estaba aburrido, era verano y con todo el tiempo del mundo. Así que motivado por esto, le propuse tomar una cerveza en el antiguo Cosmopolitan Enjoy. Era un día en el que había un 2×1. Así que él pagó la primera ronda mientras nos conocíamos. Mi curiosidad siempre llevándome a los sitios más insólitos.

Fue profundamente encantador. Os prometo que su forma de encandilarme no me la esperaba. Soy desconfiado por naturaleza pero estando con él bajé todas las defensas. Me vi envuelto en un compendio de amabilidad y educación que nada tenía que ver con lo que su ex (mi amigo de la universidad) me había contado. Estaba pendiente de cómo me encontraba, de cómo me sentía. Leía mis necesidades del mismo modo que dejaba ver las suyas. Se mostró humano, receptivo, amistoso.  Todo en él se convirtió en una agradable cita de dos desconocidos que al fin se ponían cara. Me invitó esa misma noche a estar con él y su grupo de amigos, aunque yo me negué en principio él me dijo:

  • Quiero que vengas. Quiero que seas mi amigo. 

Yo estaba con las defensas bajas, caí hipnotizado en sus redes. Mi curiosidad, mi inestabilidad emocional del momento, quizá incluso, mi juventud, hicieron que esa noche firmara con él un pacto de amistad. 

Pasaron los días, uno tras otro de aquel verano, y él era la única persona a la que veía. A él y a quien él trajera. Sus amigos, entre ellos Iván (Izan en la novela) , apenas me aceptaron y lo pusieron a elegir. Y me eligió a mí. Esa fue otra de las cosas que me hizo verle como a alguien del que no despegarme. Me había elegido a mí entre todas las personas que ya tenía a su alrededor. Y de pronto, solo nos quedamos él y yo.  En el bar donde nos encontramos por primera vez se convirtió en nuestro refugio y con el tiempo, en mi salvación, pues, yo buscaba trabajo y en gran parte, la labia y el descaro que Diego tenía, hicieron que yo llegara a una entrevista personal. El Cosmospolitan Enjoy se convirtió en mi lugar seguro. Mi trabajo y mi casa al mismo tiempo, pues pasaba más tiempo ahí que en mi casa, a la cual no me apetecía volver. Mis compañeros de trabajo eran mi familia aquí en Madrid y a la salida siempre estaba Diego. 

Comencé a quererlo. Comenzó a gustarme incluso. Me ponía celoso de los chicos que llevaba a casa, a veces. Otras veces agradecía que fueran otros quienes le aguantaran. Veía sus defectos, claro, pero no su maldad. 

Aquel verano nos pasó de todo. Vivimos de todo. Iván por fin me aceptó y hasta John (Estiven en la novela) que fueron los únicos que me aceptaron a la fuerza, comenzaron a cogerme cariño a su manera. Siendo entonces “Los Cuatro Fundadores”, como me gusta llamarnos. Porque empezamos siendo los cuatro hasta que poco a poco el grupo creció y se convirtió en Las Antonias. 

¿Cómo no iba estar enganchado a una persona que me dio trabajo, amigos y un lugar en el mundo? Estar con él, era tener siempre algo que hacer, estar rodeado de gente, tener temas de conversación que oscilaban en la política o la cultura en general hasta las banalidades más absurdas como quién amanecía con quién o con cuántos.  La gente quería estar con él y por ende, conmigo. 

El Camilo de veintidós años se daba baños de masas. Nocivos para una autoestima tan frágil como era la mía. Adictivo para un espíritu herido de vanidad como lo era el mío entonces. 

Fue en estas circunstancias donde conocí a Fernando. Más conocido como Ferbo. 

Este muchacho apareció como el análogo de Diego en su grupo de amigos. Ferbo también tenía una amigo borde, como nosotros teníamos a Iván.  Y un inseparable amigo más simpático que lo acompañaba a todas partes, como lo era yo. Era un chico que llamaba mucho la atención por su atractivo físico, su sonrisa y su aparente eterna juventud. Teníamos la misma edad, pero su aspecto adolescente, le daba una validación y una aceptación social mucho más reforzada. No era un chico prepotente, a diferencia de Diego. Todo lo contrario. Sin embargo, yo siempre lo observaba desde la distancia. Veía los chicos con los que flirteaba, con los que se iba a casa, le veía en las portadas de Facebook de DLRO, le veía en las publicaciones de Instagram siempre tan fotogénico, retratos hechos por fotógrafos profesionales, parecía un modelo de revista. La gente lo saludaba a su paso y hablaba siempre bien de él. Siempre estaba rodeado de personas y siempre parecía obtener lo que deseaba. Su vida, era el verdadero deseo aspiracional de un universitario de veintidós años al que la vida se lo había puesto tan difícil.

El día que vino a mi casa, al ser amigo de amigos, no perdí la oportunidad de insinuarme. Quería buscar también su aprobación, quería gustarle. Si le gustaba a alguien como él, reafirmaba el hecho de que entonces, yo no era feo, de que era relevante. La gente lo vería conmigo y a mí con él y la mitología en la que yo me había zambullido se retroalimentaría con otra fatntástica anécdota de índole sexual como todas las que protagonizaba.

No voy a explicitar qué pasó o no entre Fernando y yo. Pero sin que él lo sepa, su aprobación, consciente o inconsciente, consiguió darme varias noches de bienestar personal, desde esa primera vez.

Hoy en día nos llevamos bien. Ya no frecuento los mismos sitios que él, pero le sigo observando en la distancia. Su vida siendo divertida, bastante gatsbyana, llena de color y alegría. Hoy sé que dentro de su frivolidad y dentro de esa popularidad que lo hace ser un visitante VIP de DLRO, se esconde una buena persona. Quizá menos seria de lo que me he vuelto yo, pero feliz.  

Al final le sigo envidiando después de todo este tiempo. 

 

LOS DEFECTOS DE DIEGO

Las características cualidades narcisistas se ocultaban a la perfección, en un juego de manipulación capaz de comprar al más desconfiado de todos. Fue capaz de hacerme a mí, la persona con la que convivía (por cosas de la vida acabamos siendo compañeros de piso en el ya mencionado piso de la Calle de la Princesa), la persona que conocía su casa, a sus padres y que se acostaba con él, hacerme pensar por momentos que era mi culpa su comportamiento. A veces incluso me responsabilizaba de encauzar su vida. Quería lo mejor para él, aunque eso me costara la salud mental, el sueño o las energías.  Hubo días que tuve que elegir entre él y yo. Era adictivo. Su aprobación era adictiva. 

Lo que cuento en la novela se queda corto con como cada partícula de su ser invadió la mía hasta parecernos. Hablábamos igual. La gente nos reconocía como la mitad inseparable del otro. Éramos opuestos e iguales al mismo tiempo. Aunque en una ocasión la misma Supreme Deluxe, mucho antes de su aterrizaje en Drag Race, admitió que yo no tenía nada que ver con él. 

Corría el año 2018. Nuestra “famita” como Djs, ocasionales en Cuenca Club, nos había llevado a participar en un concurso en DLRO. Por supuesto, todos nuestros amigos y conocidos fueron arrastrados a las noches en las que el concurso tenía lugar. A los desconocidos, les seducíamos  y les inducíamos a votar por nosotros. Resultaba divertido. Para la final, Diego llegó a robar los votos en blanco, para que los rellenáramos en casa y presentarlos al día siguiente como votos de la gente. Aún así, quedamos los segundos. 

Diego estalló. No iba admitir haber amañado las votaciones, pero tampoco podía admitir esa derrota. Le quitó el micrófono a Supreme que era quien presentaba y tras un par de improperios fue echado de la sala por parte del staff. Yo me quedé ahí, pálido, con las camisetas que habíamos hecho con nuestro nombre de dúo (Diegobolus). Supreme me miró. Todos me miraron. Agradecí el segundo puesto y antes de retirarme, fue ella quien me dijo, y nunca lo voy a olvidar:

-”Tú tienes otro talante, tienes saber estar. Tu amigo en cambio… Si no está preparado para esto, que no concurse. Habla con él. Tú tienes otra pasta”. 

Hacía casi dos años que Diego y yo éramos amigos y fue cuando comenzó a desmoronarse su mito. 

 

Breve introducción de Sandro

Sandro existió y como se puede observar en el libro, parecen dos personas distintas. Porque lo son. Por un lado tenemos a Carlos y por otro tenemos a Alex. Del segundo no puedo hablar. Del primero con su permiso puedo decir, que fue víctima directa de Diego, y colateral mía. 

Carlos era prácticamente un niño, recién llegado a Madrid. No es que yo fuera mucho más mayor, pero a mis veintitrés años de entonces, con la vida laboral y los años que llevaba detrás fuera de mi casa, claramente mi forma de verle con dieciocho años cumplidos, pues le infantilizaba un poco más.  No le tomaba tan en serio como debía. Diego, que me sacaba dos años más a mí, era el que debía haberle respetado. Entonces, a ninguno se nos hizo sintomático este gusto por jóvenes recién nombrados “adultos”. Tampoco era una persona mayor como para decir que con veinticinco no pudiera fijarse en chicos de veintipocos. Ahora que Diego tiene casi treinta y tres, que siga pasando exactamente lo mismo es lo preocupante. De ahí mi crítica dentro de la propia novela. 

Pasan cosas tóxicas y dañinas dentro del colectivo, y en cada sigla que la componen, hay batallas internas aún por luchar. Yo hablo de las mías, de las que me corresponden, de las que conozco.  Y una de esas cosas es la problemática de la edad.

Por un lado, existe la aversión  por las personas que superan cierta edad. Normalmente las miradas y los cuchicheos cambian hacia los hombres que superan los cuarenta y cinco – cincuenta años. De ahí en adelante existe mucho rechazo (incluso entre ellos mismos muchas veces) si no cumplen determinados cánones. Y en el otro extremo, la búsqueda constante de la juventud a límites casi de tendencia pedofílica. Endiosando por un camino a los twinks que cuanto más niños o más aspecto “infantil” tengan más sexualizados y “cotizados” se encuentran. Y por otro, a los cuerpos normativos. Se te permite cumplir años si cumples con el cuerpo terso, musculado y trabajado de un gimnasio. 

Conductas heredadas del mundo heterosexual, claro está. 

En este ámbito es donde se incluye Diego. Nunca hablaba de su edad y los filtros cada año que avanza a la hora de depredar a su próximo “romance”  tiene edades cada vez más bajas. 

No tengo pruebas para insinuar que haya cometido un delito de algún tipo con menores de edad, sería demasiado indagar y demasiado acusar a alguien de algo terrible, pero sí puedo confirmar que existe una tendencia casi “feticihista” hacia aquellas generaciones que años tras años cumplen la edad legal para ser mayores.

En estas circunstancias conoció a Carlos. En estas circunstancias como trato en el libro, lo manipuló, le hizo luz de gas y le creó una dependencia (similar a la que nos había creado a todos) pero dentro de una dinámica mucho más dañina, pues aquel muchacho creía firmemente en lo que su pareja, la primera que tenía nada más llegar a Madrid, decía. 

En este maremágnum de mentiras, Las Antonias, fuimos cómplices de varias faltas y mentimos junto a Diego. Yo el primero. Carlos no significaba nada para mí y yo salía ganando si estas mentiras se perpetuaban. Fui una persona horrible cuya maldad se alimentaba de las migajas pozoñosas de Diego. Lo sé. 

En el libro Sebastián aprende de esto. Sus manos están manchadas de sangre, las mías no. 

Al igual que Sebastián, con Diego yo fui malvado. Fui egoísta. Fui la peor versión de mí mismo. La impunidad con la que nuestros actos discurrían de temporada en temporada en aquellos años, nos daba siempre el poder y las opciones de perpetuarlo. 

EL FINAL DE DIEGO

Nuestra amistad culminó gracias a la pandemia. Por primera vez en seis años, la pandemia me dio la oportunidad de frenar. Tuve que quedarme en casa (en el apartamento de la Calle de la Princesa) a solas. Tuve que tener una larga conversación conmigo mismo. Tuve tiempo de reflexionar. No iba a trabajar. No iba a la universidad. No me moví de mi casa en cinco meses (yo alargué voluntariamente mi confinamiento por temas de alergia). Y durante todo ese tiempo, entre el ejercicio, los libros que leí y las asignaturas que estudiaba, comprendí todo lo malo que había en mi vida. De todos los amigos con los que hablé e hice videollamadas, Diego no fue uno de ellos. Me desintoxiqué del alcohol, dejé el azúcar casi para siempre, comencé a comer sano… comencé a sanar heridas y conductas que desconocía que tenía. Me deshice del veneno de su amistad. 

Con la llegada del 2020 nuestra amistad murió. Fue una muerte silenciosa, sin agonías, sin reproches. Con mi compañera de piso, Estefanía (Eire en la ficción), que estuvo conmigo en todo este proceso, decidimos entre lágrimas que nos marcharíamos del piso.  Ella y yo dejaríamos de ser compañeros y dejaríamos de convivir para siempre. Lo sabíamos. Echar a Diego iba a ser una tarea casi imposible. Él tenía el contrato, él no se iba a ir voluntariamente de una oportunidad única en Madrid como era aquel piso (barato, seminuevo, con una localización envidiable, portero, etc). Así que si queríamos avanzar en nuestras vida, dejar aquel apartamento era lo mejor. 

Así lo hicimos. Diego no se opuso, incluso ayudó  a su manera, a agilizar la búsqueda en la habitación para un nuevo inquilino. Se hizo cargo de mi sustituto y tomó una pequeña parte de responsabilidad en lo que quizá me correspondía más a mí por ser quien se iba. Dejamos de hablar. Dejamos de tratar el uno con el otro durante mis últimos días. Ni siquiera nos cruzábamos en el corto pasillo de la casa. Desaparecimos el uno para el otro. 

Y me fui. Fue rápido, fácil, raro. Nunca nos dijimos adiós. Nunca hablamos de nuestros problemas. Nunca nos enfrentamos realmente a intentar solucionarlo. Sencillamente tomé la decisión un día y él, en una resignación tácita, no se opuso. 

Las Antonias se disolvieron. John (Estiven), Iván (Izan), Alv (Anti), Adrián (Joel), Estefanía (Eire), Sergio (Simón) tomaron cada uno su camino. Y yo traté de cuidarlos, de mantenerlos en mi vida, pero se hizo inabarcable. El nexo tóxico que de alguna manera nos unió, en su final, nos acabó por separar en complicidad con el tiempo y las vertiginosas circunstancias de Madrid. 

Actualmente, no sé qué es de la vida de Diego. El barrio de Chueca no ha vuelto a saber de él. Ninguno de los que en su día le abrazaba y se sentía encandilado por su presencia, se acuerda hoy de su nombre.  Nadie pregunta por él. Nadie sabe decir si lo ha visto en alguna parte. Es como un susurro del pasado. Es como si nunca hubiera existido. De hecho yo me lo pregunto muchas veces: ¿Fue toda esa intensidad e impetuosa época, fruto de mi imaginación o realmente la viví?

Alv (Anti en la ficción) me confirma entre bromas  (porque ahora podemos reírnos de esto) que sí. Que aunque nuestra amistad fue 

Ivan (Izan en la ficción) y John (Estiven en la ficción)  me ratifican, en las pocas ocasiones en que nos vemos, que efectivamente quien nos unió fue él. 

La existencia de Estefanía (Eire en la ficción) de la que apenas he tenido noticias en años, reafirma este febril pasado. 

Carlos (Sandro en la ficción) me cuenta que sí. Su superación personal, su punto de vista, sus heridas (laceradas en muchas ocasiones por mi)  y su generosidad para perdonarme, me indican afirmativamente, que todo fue verdad. 

La ausencia de Adrián (Joel en la ficción) en mi vida, el cual siempre me avisó y siempre supo ver cómo éramos realmente, me entristece lo suficiente como para hacer tangible tales recuerdos. 

La evolución de Sergio (Simón en la ficción) en el extranjero y su  madurez, me da una perspectiva que deja entrever unos vestigios de cómo fuimos con él, que aún me hace sentir culpable. 

Diego ya no pinta nada en nuestras vidas. Todos escapamos a nuestra manera de una amistad dañina y adictiva que atentaba a la razón y a nuestros valores. Fuimos (y hablo de mí) demasiado indulgentes con los que hacían los demás en su presencia y perdonamos tantas cosas imperdonables, que en el silencio del grupo de amigos que hoy ya no existe, se puede notar el alivio generalizado de haber acabado con todo esto. De haber roto con él. 

Han pasado cinco años y es maravilloso vernos, aunque sea por separado, aunque ya no seamos la familia desestructurada de entonces, y reconocernos cambiados, sanos, fuertes, libres. 

Así es como este escritor desmonta la ficción. Cuenta la verdad que le llevó a la novela y desvela los secretos de quienes participaron en ella y de quienes permenecen en su vida. 

 

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